La Iglesia Anglicana llama a los divorciados a seguir buscando el amor dentro del matrimonio.
Este mensaje está dirigido a quienes rompieron su vínculo matrimonial canónico (católico), son creyentes y siguen optando por el matrimonio como forma de vida en pareja. Nosotros, como católicos, aceptamos la celebración y bendición del matrimonio entre divorciados, sin más limitaciones que las establecidas por las Leyes de cada Estado. En España está regulado por la Ley 24/1992 y Orden de 21 enero de 1993 por la que se aprueba, entre otros, el modelo oficial de certificado de capacidad matrimonial para la celebración del matrimonio religioso, que se tramita y expide en el Registro Civil.
"Dios es amor y nosotros somos su imagen. Cada uno puede dirigirse a Él con la confianza de ser amado, porque está dentro de nosotros. No lo busquemos allá arriba, sino en nuestra propia conciencia."
Tratemos de encontrar a Dios en ese ser que amamos y que Él ha escogido para nosotros. El proyecto de Dios, para cada uno de nosotros, se revela gradualmente, día a día, en el corazón de quienes se aman. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos ama a nosotros.
Dios quiere que en el amor conyugal, los esposos encuentren alegría y gozo, esperanza y vida abundante. Para multitud de personas que, han sufrido el engaño y a veces la violencia, tratar de reconstruir una nueva familia en el Amor de Dios, es prioritario además de un derecho natural.
Ayudemos a curar las heridas de quienes teniendo hambre del verdadero amor han encontrado a Dios en su nuevo amado. No les neguemos la bendición y ayudémosles a orientar su vida hacia la infinita misericordia de Dios. Esta debe ser la actitud de la Iglesia, como madre, y no una actitud reprobadora, intransigente y hasta mezquina, que trata de imponer unas normas basadas en una doctrina que dista mucho de ser la que emana de la Sagrada Escritura.
El sacramento del matrimonio, tal como lo define la doctrina cristiana, “es el signo mediante el cual los contrayentes se unen para toda la vida, hacen sus promesas ante Dios y piden su gracia y bendición para cumplirlas.” No es la Iglesia ni el Estado quien casa, sino los contrayentes; la iglesia bendice la unión y el estado le da forma legal con el fin de proteger los intereses, tanto de los cónyuges como de los hijos. Esto nadie lo niega pero, desgraciadamente, sabemos que más frecuentemente de lo deseable, todo queda en una buena intención y al cabo del tiempo puede que la relación llegue a tal deterioro que la convivencia se vuelve imposible. Así pues, el matrimonio ni nace ni se sustenta en leyes, ritos o ceremonias inventados por el hombre y menos aún de intereses rastreros, que destruyen la dignidad humana y divina de los hijos de Dios. A ésto debemos añadir el desamor, algo que el ser humano no siempre o casi nunca puede controlar. Es evidente que matrimonio se sustenta en el amor y respeto mutuos y si se quiebra alguno de estos fundamentos básicos, resultando la convivencia imposible, el matrimonio está definitivamente roto aunque el vínculo sacramental permanezca. Así pues, nadie, absolutamente nadie está legitimado ni tiene autoridad, civil ni religiosa, para declarar un matrimonio nulo o válido más que los contrayentes, sin menoscabo de las funciones reservadas al estado o la iglesia como ya mencionamos. ¡Dónde hay amor, con mayúsculas, no hay pecado!
De esa manera se justifica el fin de la convivencia, no del vínculo sacramental, al contrario de lo que enseña e impone Roma. Un divorciado al igual que un viudo nunca volverá a estar soltero; en ambos casos, aunque por diferentes causas, la convivencia cesó, pero el vínculo perdura y es perfectamente compatible con una nueva unión.
¿Cómo hacer entender a un bautizado que sufre el dolor físico -y sobretodo psíquico- de un fracaso matrimonial, que no se le permitirá volver a comulgar, que ni siquiera podrá bautizar a sus hijos y que además también se le niega el derecho a rehacer su vida conforme a la doctrina cristiana? Las Iglesias Ortodoxas así como las Católicas no romanas y las Reformadas, aceptan desde siempre el divorcio como algo no deseable pero natural, y no ponen impedimento alguno a sus fieles para contraer nuevas nupcias. A quién ose erigirse en Juez Supremo, en nombre de Dios, aplicando unas leyes eclesiásticas que poco o nada tienen que ver con la Escritura, decidiendo así el presente y el futuro, la vida de un creyente, solamente se le puede calificar de necio y cruel.
La caridad, a la que Jesús nos llama, no tiene en cuenta el mal. (1ª Cor13: 3-8). Aceptar y ofrecer el perdón, hace posible una nueva relación de amor entre los esposos.


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